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La coordinación y fuerza para golpear el balón son claves en la práctica de esta disciplina.Franklin Jácome / para EXTRA

La pelota nacional y su lucha por mantenerse vigente

Este deporte autóctono colombo ecuatoriano lucha por seguir en cancha. Sobrevive la modalidad de viento. El fútbol les fue ganando espacio

Ecuador hace todo por borrar su ADN, oculta cualquier seña de identidad que la junte o identifique. En el deporte, no es distinto: el abandono institucional de la “pelota nacional”, hoy en las manos y pulso de sus propios jugadores.

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Según investigadores colombianos del departamento Nariño -donde esta pelota rebota de buena salud- también es llamada “chaza” y tiene un remoto origen prehispánico: los años de 1530, el Tahuantinsuyo; nada menos.

Conquistadores españoles y criollos habrían conocido y aprendido el juego, entonces disputado con pelotas de cuero de animales y -en modo tabla o raqueta- los maderos que los nativos usaban para trabajar la tierra.

Los partidos se jugaron con los originarios andinos del norte ecuatoriano y sur colombiano, que hallaban una oportunidad para reinvindicarse ante los aventureros europeos. Los primeros clásicos se habrían disputado hacia los años de 1500.

Julio Mejía es un carchense que juega sobre estos contenidos, algunos apuntes históricos y otros de leyenda. A sus cincuenta y ocho es un vigoroso jugador activo; en treinta años fue un reconocido dirigente y exitoso entrenador.

“La historia de Nariño nos sirve, en general es la misma pelota, pero acá no tenemos una investigación rigurosa”, advierte. “En Colombia este deporte está muy bien gestionado y, de repente, jugamos entre los dos países”.

Pese a un desempeño internacional relevante, este juego criollo no cuenta con apoyo de la institucionalidad, respectiva. Julio ha sido campeón mundial, vicecampeón en Holanda, Argentina e Italia. “Ahora solo nos queda el viento”, advierte.

La “de viento” es la modalidad de pelota nacional que aún vuela en cielos andinos. En su momento se jugaron de mano, de guante y de cerda; pero por falta de jugadores, equipamiento, torneos y apoyo, se perdieron.

El apogeo fue en los ochenta: reñidos interprovinciales, una Federación Ecuatoriana de Pelota Nacional en buen momento. La provincia del Guayas, incluso, saltó con cinco titulares, reclutados del famoso equipo de Chalguayacu, Valle de El Chota.

Un deporte rural y andino

El tradicional juego fue perdiendo terreno por la falta de opoyo a nivel dirigencial, estatal y privado.Franklin Jácome / para EXTRA

Mejía la tiene clara. “Modalidad viento se juega hoy en Pichincha, Imbabura, Cotopaxi, Tungurahua, Chimborazo, Sucumbíos y Carchi. Y, cerca a Quito en Calacalí, Cotocollao, Nanegal y Nanegalito”, apunta. Es un juego campesino. “Pomasqui, Amaguaña, Machachi, Cayambe, Ayora”.

En Ibarra, en Yacucalle, la actividad es frecuente. En Quito, unos pocos canteranos juegan en una precaria canchita de La Carolina; a la sombra de la Cruz del Papa. La peloteada brava es en el sur: Mena 2, cancha cerrada Wilson Dalgo, que recibe mantenimiento por parte de la Concentración Deportiva de Pichincha.

Ahí dos cuartitos hacen de museo: guantes, tablas, pelotas de caucho puro y duro, trofeos; fotos en blanco y negro, de esos gloriosos años 70 y 80. “Estamos activos, podemos ser más y estar mejor”, concluye Julio.

Hoy, los jugadores suman unos ciento cincuenta; en Quito hay cuatro clubes. Treinta en plena actividad y quince cracks. La pervivencia de esta cultura tan propia al mundo andino, pasa por su transmisión entre familiares y generaciones de aficionados.

Es el caso de Kléver Armas Guzmán: tiene 61 años y aprendió de su padre, Ignacio -hoy con 99 años- junto a sus cuatro hermanos; destacó en todas las modalidades y fue seleccionado pichinchano. “La Concentración Deportiva de Pichincha nos apoyó con uniformes”, apunta.

Este reconocido jugador lamenta que poco importe la pérdida de un deporte de remoto y sorprendente origen andino y gran aceptación en la Sierra. “En los años 80 tuvimos estadios llenos, pero el gran desarrollo del fútbol nos desplazó”, lamenta.

Ni canteranos ni promotores

Los actuales problemas son la falta de ayuda de organismo estatales.Franklin Jácome / para EXTRA

Este jugador y formador de canteranos cree que la falta de difusión y motivación entre los chicos provoca que no lo tengan entre su tiempo libre. “El futuro es incierto, estamos tarde”, sentencia Kléver.

Su colega Julio Mejía lo acepta, pero piensa en su pelota nacional entrando a los colegios, como parte de la cultura local y educación física. “Proyectos serios, con su método, pensum, plan operativo anual: los chicos pueden aprenderlo”.

Un equipo salta al campo con cinco integrantes: sacador, torna, cerrador y dos cuerdas, izquierda y derecha. En juegos formales, un solo juez que dirima y sentencie no hay: ese deber lo comparte con tres árbitros: uno por cada equipo y el juez de raya, atento a las “batidas”.

La cancha tiene cien metros de largo por nueve de ancho, se divide en cuatro recuadros: dos de saque de diez metros y dos de cuarenta metros o servicio; cada bando suma cinco jugadores y uno es capitán, autorizado para hablar con los árbitros. Se juega con una pelota de caucho que pesa hasta mil gramos, aunque se practica también con otras de setecientos y trescientos gramos, ideal para el juego recreacional de jovencitos y tercera edad.

El partido se cuenta de modo similar al tenis: cuatro quinces, que hacen un juego. El equipo que suma dos de tres juegos se lleva una mesa; si repite ese desempeño, es el ganador del partido. Si su rival toma revancha y gana una mesa, disputan una final, de desempate. Un clásico puede durar hasta hora y media.

Todo cambia, todo marcha

Hace 40 años, cientos de personas practicaban el juego de la Pelota Nacional en el país, pero con el pasar de los años se perdió el interés.Franklin Jácome / para EXTRA

En mi memoria yacen imágenes de un partido de pelota nacional disputado en Ibarra, cuando era la ciudad blanca; especialmente su encantador centro de calles empedradas y adoquines: siempre se volvía a Ibarra.

Fue en un terreno cerca de la estación del tren. Los recuerdos no se han borrado, del todo: la tarde gris, fría y nublada, el cielo bajo y fundiendo a negro, preñado de nubes gordas, intimidantes. Ese viento heladito, las polvaredas jugando a enredarse entre ellas.

En el entorno del campo, decenas de hinchas: habitantes de Los Andes, de poncho y sombreros y mestizos agricultores, que alternaban la prenda de pesada lana con chompas impermeables.

Las raquetas o tablas de ese día lejano de mi infancia lucían enormes y pesadas. Cada saque, un grito; cada retorno de la pelota, otro: se jugaba con ñeque y gallardía. Y esa pelota, de lado a lado: los jugadores estáticos o raudos, mirando el vuelo de la redonda.

El hincha, en primera fila, cerquita del campo de juego: aplauden, felicitan, ríen. Se cruzan un taquito de aguardiente, se calientan frotando las manos. Y, al pie, esos titanes andinos en briosa disputa del partido de sus vidas.

Hasta que las nubes hacían lo suyo y los hinchas, mejor corríamos a buscar donde escampar, donde hallar refugio; dónde mirar esos paisajes que, lo juro, jamás pensé terminarían disueltos, entre la memoria de las causas perdidas. ¡Viva el Ecuador!

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