Vicente Chonillo Yanqui, Guayaquil
Solo quería ir a su trabajo, pero la muerte se le cruzó cuando fríos sicarios con pistolas le entregaron su pasaporte al más allá. En la ciudadela Alegría, al norte de Guayaquil, a las 07:45, Carlos Díaz Oquendo, de 27 años, se despedía de su esposa para dirigirse a su trabajo como conductor repartidor, sin sospechar que dos sujetos en moto habían madrugado para esperarlo y atentar contra su vida.
Así, a cuadra y media de su vivienda, Carlos Díaz se vio cara a cara con sus verdugos, quienes se transportaban en una moto Suzuki, color negro. En esos momentos, seis disparos se escucharon mientras el pasajero de la moto desbordaba toda su furia sobre la humanidad de Díaz, quien ante la lluvia de balas logró correr pocos metros hasta que los proyectiles lo desplomaron en medio callejón.
HABÍA MUERTO
Una vez que la víctima cayó, los asesinos huyeron del lugar. La vecindad salió alarmada para tratar de auxiliarlo y llamar a la Policía y al Cuerpo de Bomberos, pero todo intento fue vano, ya que el trabajo de los matones fue “efectivo”.
Como la víctima era conocida en el sector, varios allegados enseguida le dieron la mala noticia a la esposa Lisbeth Cantos, quien hace pocos minutos se había despedido de él. Como le parecía mentira lo sucedido, corrió hasta el callejón donde yacía su marido. Las lágrimas de la mujer caían sobre su amado, ya que el dolor era desgarrador.
De a poco llegaron más familiares, incluido Carlos Díaz, el padre, que atónito por la desgracia no entendía lo que pasó.
Según él, la víctima jamás tuvo problemas con la ley y desde hace varios años laboraba como repartidor de productos de consumo masivo.
Díaz tenía diez años de casado y había procreado dos hijos. El fiscal de turno, William Aguilar, autorizó el respectivo levantamiento del cadáver y corroboró con los registros policiales que el muchacho no tenía antecedentes. La Fiscalía y la Policía ofrecieron investigar el asesinato.
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